miércoles, 3 de noviembre de 2010
RUTINAS
Ya es la hora. Miro la pantalla y respiro dos veces hondamente. Hago balance del trabajo del día calculando la cantidad de carpetas de cartón que se acumulan a mi lado. Dirijo la mirada hacia el calendario, un día menos. Apago el monitor. Recojo el bolígrafo negro y el azul y los meto en el primer cajón en el hueco que queda entre la grapadora y la caja de tarjetas. Me estiro un poco la espalda mientras espero que mis tres compañeros abandonen la oficina. Un bostezo se me escapa. Me quedo solo al fin. Apago la torre del ordenador. Y sin ni siquiera mirar cierro el cajón que aun mantenía abierto. Siempre igual lo hago. Siento el silencio en mi cuerpo. Nada lo interrumpe salvo el leve zumbido del fluorescente. Me levanto, coloco la silla bajo la mesa y me pongo el abrigo. Me doy una vuelta por el pasillo asegurándome ya de paso que no quedan luces encendidas. Al volver a la puerta las preocupaciones vuelven a tener el peso que habían perdido durante las doce horas que llevaba trabajando. Nada de lo de aquí fuera había cambiado. No quiero volver a casa. "Si nadie espera para que llegar"
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