La noche cerrada me oprime el pecho. Las luces tintineantes de la ciudad parecen inalcanzables. Después de dos días a pie y muy poco que comer, deseaba más que nunca una cama. La gran aventura de mi vida tenía que acabar ya. Habían sido más de 20 años de persecución que llegaban a su fin. Todo parecía calmarse ya, hasta mi respiración se ralentizó incluso era costosa. Me encontraba bien, desahogado. Ni la noche parecía tan oscura. Tenía cierta luz que dejaba ver todo claro pero sin detalle, una maravillosa luna llena. Creí que ya era bastante descanso por hoy y afronté esos últimos pasos que me llevarían a mi destino. Respiré lentamente como mentalizandome.
Al levantarme el dolor me devolvió a la realidad. La pierna derecha temblaba de una forma enclenque, como si fuera a romperse. Comencé a caminar a paso apurado y en quince minutos me encontré frente a la avenida de lo que parecía una ciudad del futuro o una Las Vegas, todos los edificios se encontraban extrañamente iluminados como festivos. No debía haber ninguna sola bombilla en la ciudad que en ese momento no estuviera incandescente. Incluso las señales destelleaban con un parpadeo algo hipnotizador. Lo más absurdo fue que en las aceras en vez de los bancos donde los mayores se sentarían a ver pasar las horas, había camas, en un juego como si leyera mi mente y me ofreciera lo que en este momento mas deseaba. Acepté gustoso la invitación y me acosté. Pese al cansancio me costó conciliar el sueño, no se si por el hecho de dormir en la calle pero tenía la sensación de que alguien me estaba despertando. Al fin el sueño se apoderó de mí, me devoró y controló.
En la habitación del hospital no quedaba más que certificar la muerte de su amigo. Había colapsado y pese a los veinte minutos de intentos de reanimación, esta vez no volvió. Casi mejor. Había sido demasiado luchando con la enfermedad. Seguro que por fin descansaba.
